El valor de lo público; una reseña del último libro de Mariana Mazzucato

El Valor de las Cosas 

¡Lo que no se mide, no existe! A diferencia del uso común que se da a este aforismo -para reducir las explicaciones en ciencias sociales a fenómenos cuantificables – Mariana Mazzucato lo apropia para defender la importancia de hacer visible el papel del Estado Emprendedor en el éxito económico de las naciones. En su más reciente libro, El Valor de las Cosas, la investigadora de la University College de Londres, y ganadora del premio Leontief por sus aportes al avance en las fronteras del pensamiento económico, hace una lúcida defensa del concepto de generación de valor colectivo, digna de ser leída y debatida por toda persona interesada en la gestión de lo público. Parte de su argumento, o crítica, puede resumirse en las siguientes líneas de su obra:

“Con frecuencia, el papel del Gobierno se limita a ‘arreglar problemas’; no debe sobreactuar, puesto que sus fallos son peor considerados que los del mercado. Debería llevar a cabo un manejo suave del timón económico y arreglar las cuestiones básicas, invirtiendo en áreas como habilidades, educación e investigación, pero sin ir tan lejos como para producir algo. Y si el gobierno resultara ser productivo, como las empresas que son propiedad del Estado, nuestra manera de contabilizar el PIB no lo reconoce como producción pública (…) El gasto gubernamental se observa, simplemente, como un gasto y no como una inversión productiva” (p. 359).

Dicho mensaje coincide con una de las primeras enseñanzas que recibe un estudiante de un curso típico de teoría económica (ortodoxa): el papel del Estado en una democracia moderna consiste, primordialmente -y, quizás, por conveniencia para la eficiencia agregada de la economía- en corregir fallas del mercado. Un supuesto detrás de dicho postulado es que el sector privado es, por naturaleza, más eficiente para resolver temas de más alta envergadura, como lo es la innovación, la productividad y la generación de empleo. Al respecto, Mazzucato no solo ofrece evidencia empírica para refutar el estatus pasivo que le concede el paradigma económico dominante al sector público -a partir de historias que muestran que las inversiones estatales de largo plazo explican gran parte del surgimiento de gigantes tecnológicos contemporáneos- sino que se aventura en examinar la génesis del pensamiento económico para racionalizar por qué persiste la idea de que el Estado es un agente improductivo -e incluso extractor de valor- en un sistema económico capitalista.

Del título de su libro se puede inferir que el concepto de Creación de Valor es central en la reflexión propuesta por Mazzucato. Un elemento crucial en su narrativa consiste en persuadir al lector de como la ruptura drástica (y, de cierta forma, arbitraria) de la teoría del valor=trabajo, presente en los trabajos de Smith, Ricardo y Marx, hacia una noción valor=precio, introducida por los precursores del pensamiento marginalista en el siglo XIX, abriría paso a “narraciones creadas para justificar desigualdades en la riqueza y en los ingresos, que recompensaran de manera descomunal a unos pocos que son capaces de convencer (…) a la sociedad de que merecen grandes retribuciones” (p. 18). La premisa de que un producto a ser vendido en el mercado es valioso porque las personas están dispuestos a pagar un precio (elevado), y no porque su producción implicó un trabajo humano incorporado (como sostenían los pensadores clásicos), puede ser válida, sugiere Mazzucato, si se omite del análisis elementos políticos que distorsionen la libre elección de los consumidores, como el papel seductor del mercadeo o el poder de presión de (algunos) empresarios en el Congreso.

En los siguientes apartes del libro se examinan tópicos como el cómputo de las cuentas nacionales en diferentes países (capítulo 3), la expansión del capitalismo financiero -o, la denominada financiarización-(capítulos 4, 5 y 6) y los argumentos dominantes sobre la llamada economía de la innovación (capítulo 7). Lo anterior permite a Mazzucato desarrollar la hipótesis general de que la equiparación arbitraria de valor=precio profundizada por el pensamiento de economistas como Milton Friedman en los años 1970s, y la difusión de las ideas de la escuela de la elección pública en la década de 1980, ayudan a explicar porque se “han ampliado las divisiones sociales y aumentado la desigualdad en buena parte del mundo occidental” (p. 259). Esta dinámica, sostiene la autora, ha evolucionado junto con la reproducción de la idea de la conveniencia de un Estado pequeño, afianzada también por un temor “al fallo del gobierno [que] ha convencido a muchos gobiernos de que, en lo posible, deberían emular al sector privado” (p. 242). Esto la llevará a sugerir que:

“Muchos males, como el estancamiento de los sueldos reales, se interpretan en términos de las ‘elecciones’ que agentes particulares hacen en el sistema; se considera, por ejemplo, que el desempleo está relacionado con la elección que los trabajadores realizan entre trabajo y tiempo libre. Y el emprendimiento -el alabado motor del capitalismo- se considera el resultado de esas elecciones individualizadas y no del sistema de producción que rodea los emprendedores, o, por decirlo de otra manera, resultado del esfuerzo colectivo” (p. 368)

A juicio de Mazzucato, la debilidad de la narrativa del Estado improductivo radica, como se esboza en esta última cita, en una confusión conceptual, y, por tanto, en un disparate empírico, sobre el proceso real de creación de valor en una economía capitalista. Reducir valor a precio de mercado ha auspiciado, asegura, dicha retórica problemática. Y la razón es concreta: gran parte de la inversión necesaria para la creación de nuevos productos y servicios se fundamenta en un conocimiento acumulado del pasado que, si dependiera de un estimativo de su precio comercial, difícilmente habría sido desarrollado. Es en este punto que se materializa el argumento del papel crucial, pero por lo general subestimado, del sector público como un agente activo del proceso de crecimiento económico de una sociedad. Así lo describe la autora:

“… en contra de la imagen dominante de unos emprendedores intrépidos que aceptan riesgos, a menudo las empresas no quieren asumir estos. Ello sucede sobre todo en áreas en las que es necesario mucho capital y los riesgos tecnológicos y de mercado son altos, como ocurre, por ejemplo, con las farmacéuticas y las etapas muy iniciales de otros sectores, desde el internet hasta la biotecnología y la nanotecnología. En ese momento, el sector público puede intervenir allí dónde los financiadores privados no quieren, y con frecuenta lo hace, para proporcionar una financiación vital a largo plazo” (p. 268-269)

Al resaltar el papel del Estado Emprendedor –concepto más arraigado en el pensamiento keynesiano- Mazzucato invita a iniciar dos debates, claramente entrelazados. El primero consiste en volver a poner sobre la mesa la discusión sobre las fuentes de generación de valor en una economía capitalista, tarea para lo cual parece conveniente traer a colación elementos de la teoría valor=trabajo de los pensadores clásicos. Seguido a ello, un segundo debate importante hoy consiste en replantear cuáles son los agentes que realmente generan valor en la economía y que otros se dedican, al menos en proporciones importantes, a extraerlo. Por ejemplo, asegura la autora, para Smith, Ricardo y Marx habría sido impensable incluir al sector financiero como un agente generador directo de valor productivo, en tanto su papel bursátil (que es en todo caso muy relevante) consistiría más en trasladarlo. Siendo ese el caso, no parece muy casual que no fuera sino hasta 1993, en pleno apogeo mundial del pensamiento liberal marginalista, que “inició el proceso para contar los [servicios de intermediación financiera medidos indirectamente] como valor añadido, de forma que contribuyeran al PIB” (p. 157).

No obstante, aumentar el protagonismo en las narrativas de creación de valor no se reduce a un simple tema contable. Explica Mazzucato que la influencia del discurso de maximizar el valor para los accionistas, auspiciado por la escuela de Chicago en la segunda mitad del siglo XX, llevaría a que diferentes empresas, incluso en el sector real, se vieran seducidas por la idea de obtener rápidos beneficios en la compra y re-compra de acciones en el mercado financiero -creando rentabilidades de corto plazo, y, por tanto, según una óptica marginalista, incrementos en la creación de valor -. Según cifras reportadas en el capítulo seis, este tipo de racionalidad llevaría a que “en la década del 2000, por ejemplo, la división estadounidense de Ford [ganara] más dinero vendiendo préstamos para coches que vendiendo los propios coches” (228). No sorprende, por tanto, que “la inversión empresarial en Estados Unidos ahora se sitúa cerca de su nivel más bajo en más de setenta años” (p. 251).

El tema de los posibles abusos del sector farmacéutico, dónde, según la autora, un tratamiento para la hepatitis C cuyo costo de producción oscila entre 68 y 136 dólares puede ser vendido en el mercado por hasta 84 mil dólares (¡mil dólares por pastilla!), ilustra también los problemas que se pueden derivar de confundir precio con valor. Este caso le sirve también a Mazzucato para avanzar en el argumento de que, dado que “la investigación que da paso a la verdadera innovación farmacéutica (…) ha procedido sobre todo de laboratorios financiados con dinero público (…), el gasto de las empresas farmacéuticas en investigación básica es muy pequeño comparado con los beneficios que generan” (288-289). De dicho análisis se sustenta la doble conclusión de que al tiempo de que el papel productivo estatal continúa siendo injustamente infravalorado, la acumulación indiscriminada de riqueza en manos de pocos no tiene una justificación distinta a la extracción sistemática de valor de la economía por parte de algunos agentes con capacidad para persuadir al público de sus discutibles aportes al bienestar de la sociedad.

En las reflexiones de cierre del libro (capítulos 8 y 10), la autora reivindica el papel del sector público como un eje productivo importante de la economía, y cuestiona como mensajes contrarios, auspiciados por nociones arbitrarias de la creación de valor, contribuyen a desvirtuarlo. “No resulta fácil sentirse bien con uno mismo cuando te dicen constantemente que eres basura o parte del problema” (p. 370) y, por lo tanto “[hacer] que el valor público esté mejor justificado, que sea mejor apreciado y que se evalué mejor abriría un nuevo vocabulario para las autoridades políticas” (p. 376). Es quizás por este mensaje crítico, pero a su vez conciliador y constructivo, que medios como el New York Times celebran el potencial del trabajo de Mazzucato para convertirse en una alternativa plausible al paradigma económico dominante. En últimas, y a diferencia del discurso tradicional de muchos pensadores progresistas, la economista pone el énfasis en la creación (real) de la riqueza, y no solo en su distribución.

Finalmente, como cualquier trabajo académico, el de Mazzucato no se encuentra exento de críticas. Sus contradictores más apasionados sugieren que los casos que ha escogido para exponer algunos de mayores sus argumentos pueden no ser generalizables. También queda pendiente un esfuerzo por refinar más la teoría del valor colectivo, tarea que la autora reconoce que requiere nuevas etapas de investigación. En cualquier caso, y dado la gran resonancia que ha recibido su trabajo en medios, y entre políticos de diferentes latitudes, la lectura y el debate de El Valor de las Cosas parecen necesarios en una era que demanda importantes transformaciones económicas, políticas y sociales.

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